Los “fillers” son productos que inyectamos en la piel y tejido subcutáneo de la cara para corregir defectos (como arrugas, surcos y depresiones) y para voluminizar y perfilar determinadas zonas (como los pómulos, mentón, nariz y labios).

Son muchos los productos que se han utilizado y se siguen utilizando como rellenos faciales. Aunque sin duda el más popularizado es el ácido hialurónico, utilizamos también otros que son igualmente reabsorbibles como la hidroxiapatita cálcica, el ácido poliláctico o la policaprolactona.

El ácido hialurónico es un componente natural de nuestra piel, que ejerece una función estructural y de soporte para las fibras de colágeno y de elastina, además de tener una gran capacidad de retención de agua. La pérdida de ácido hialurónico provoca una disminución de la hidratación y de la elasticidad de la piel.

La inyección de rellenos faciales es rápida y no suele requerir la utilización de anestesia (aunque puede utlizarse, y de hecho muchos de los productos que utilizamos llevan un anestésico local incorporado). La duración del relleno puede variar entre unos 6 meses y más de un año según el producto utilizado, y la infiltración de un filler es perfectamente compatible con otros tratamientos faciales.